miércoles, 30 de octubre de 2013

Radio tímpano: Carta a Drácula


Imagen tomada de http://losojosdehipatia.com.es/cultura/literaturaconcursos/dracula/

En este mes de los brujitooos, traemos para ustedes el audio de una terroríiifica carta. Espero que no tengan pesadiiiillas esta noche.
Escucheeemos.



lunes, 28 de octubre de 2013

Hojas de taller



EN ALAS DEL LIBRO

Después de sortear los estrechos andenes, de contener una extraña emoción por salir del colegio, los niños se dirigen con pasos ansiosos hacia la biblioteca municipal, allí les espera un personaje de colores, muy juguetón. Todos están a la expectativa. Él se presenta: se llama Domingo, como el día en que nada se hace. Aquello a los niños les parece curioso y los adentra en una extraña intimidad con este ser, que sin medir tiempo, edades ni distancias los invita a soñar despiertos con algunos de sus cuentos. Los niños recorren guiados por Domingo este lugar silencioso, trasgreden el mutismo por un instante y echan a volar los libros para  armar una fiesta. Llega el momento de despedirse y domingo endulza los paladares y les deja en la memoria un sonido blanco que les acompañará el resto de la tarde.



Todos los viernes el proyecto de promoción de lectura y escritura creativa Literardota y Otras Letras se da cita con algunos grupos de primaria para llevarlos  a través de un taller a conocer las formas de disfrutar de este espacio, la biblioteca municipal de Girardota. Agradecemos a las instituciones que han cumplido y a los niños que se han prestado para cabalgar en esta bella nube de cuentos.



sábado, 26 de octubre de 2013

Cuento de la semana


Imagen tomada de http://atiquenuncamehasconocido.blogspot.com/2012/11/el-corazon-delator.html

EL CORAZÓN DELATOR

Edgar Allan Poe

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!


martes, 22 de octubre de 2013

Hojas de taller




Para hablar de amor nos reunimos con los profes de la Institución Educativa San Andrés. Amor al amor, amor a las palabras, amor a la vida, amor a la enseñanza.
Compartimos nuestra experiencia de amor con la lectura y la escritura. Hablamos de cómo el objetivo de Literardota y Otras Letras era un poco el mismo que el de Cupido: enamorar. Enamorar a los niños, a los jóvenes, a los adultos y a los ancianos, de la poesía, de los cuentos, de las novelas…
Enamorar a todos de la lectura y de la escritura, ya que en estas dos experiencias está cifrada la posibilidad de amar mejor.
A continuación publicamos algunos de los textos que escribieron los profes en este encuentro:




ESTADOS DEL AMOR

Ama si eres pobre, porque amar es la
mayor riqueza.
Ama si eres rico, porque serás noble.
Ama si eres esclavo, porque amar te
hará sentir libre.
Ama si tienes libertad, tus sentimientos
impregnarán a quienes carecen de
bondad.
Ama si eres débil, esta es la espada con
la que vencerás.
Ama si eres fuerte, más fortaleza
Adquirirás.
Ama si estás enfermo, te sentirás
Reconfortado.
Ama si estás saludable, la felicidad
Será tu recompensa.
Ama… ama… ama…

Aurelio Pulgarín Acevedo
Docente en la I.E. San Andrés



ASÍ ES EL AMOR

Amanece un nuevo día,
Miro pasar las horas y en la
Oscuridad de mi corazón tu
Recuerdo vibra como una ola.

Blanca Ruth Posada
Docente en la I.E. San Andrés



CUANDO EL AMOR VINO A MÍ

Soy fruto de la creación y a su vez de la unión de dos amores que en su momento oportuno e indicado se juntaron.
Yo no lo pedí, pero esos dos amores, los de mis padres, los dueños de mi inicial existencia, me lo entregaron formándome y acompañándome al salir del vientre.
Yo no pedí el amor, vino a mí, me lo dieron gratuitamente. Le he valorado y lo he pisoteado, pero lo he corregido. A pesar de todo sigue ahí, vivo y vigente hasta mi muerte.

Carlos Alberto Zuleta
Docente en la I.E. San Andrés



EL AMOR

Yo te alegaría que el amor
Es como la roca que el fuego no quema,
Pero me has hecho sentir
Como la lava ardiente y derretida
De pasión y lujuria;
Me has llevado hasta un punto
En el que mi cuerpo, mi roca
Grita en un desenfrenado torrente
De temblores, sonrisas y un éxtasis total.

Lina Marcela Arias B
Docente en la I.E. San Andrés



EL AMOR

El amor es inmenso y variado como el universo,
Asimismo misterioso e incomprensible.
En ambos está encerrado el todo perfecto.

Teresa Villa Arboleda
Docente en la I.E. San Andrés



EL AMOR

El amor puede definirse a sí mismo como lo dulce y lo amargo, lo eterno y lo finito.
Es un sentimiento que muy pocos conocemos. Así experimentemos
sensaciones que nos hagan pensar en ello.
El amor puede o no llamarse amor, eso depende de cómo lo quieras tomar.
Pero el amor, es amor.

Hérika Álvarez
Docente en la I.E. San Andrés



AMOR

Pienso en el amor,
En el amor de ayer,
En el amor de cuando
Era amor
Cuando no se pensaba,
Sólo se sentía,
Sólo se soñaba.
Hoy el amor sólo se sueña
Como algo surrealista
Como lo empírico del hoy,
Como algo del ayer,
Como algo que se vive
Y se recuerda con añoranza,
Que eso ya no existe,
Que no está de moda.
Pero cuando se vivió
Simplemente fue.
Y sí existió
Y fue maravillosamente
Hermoso.

Olga Lucía Gil Taborda
Docente en la I.E. San Andrés


lunes, 21 de octubre de 2013

Hojas de taller



Aprovechamos la semana institucional de octubre, esa semana en la que los estudiantes salen a vacaciones, para reunirnos con los profes de algunas de las instituciones educativas de Girardota.
El objetivo: socializar el proyecto Literardota y Otras Letras con una de las partes fundamentales de la comunidad educativa: los docentes. Además, no dejamos pasar la oportunidad para hablar sobre cultura, aprendizaje de la lecto-escritura y otros temas de interés.
En esta nueva entrada de nuestro blog compartimos con ustedes  algunos de los textos que escribieron los profes de la Institución Educativa Atanasio Girardot en una actividad que les propusimos. A partir de la lectura de un texto llamado La sustancia oculta de los cuentos, de la escritora Yolanda Reyes, les preguntamos a los profes cuál era la historia escuchada o leída en la infancia que más recordaban.
Esto fue lo que nos contaron:



CUENTO DE TERROR

En las tardes, todos sentados en el suelo alrededor de una mesa y mi abuelo en un taburete, nadie pronunciaba palabra, escuchábamos los cuentos de terror que pasaban en la radio. Nuestra imaginación volaba a esos lugares, imaginábamos el rostro de los personajes y sus lamentos.
Luego, en las noches oscuras de lluvia, creíamos escuchar esos lamentos y sonidos que habíamos escuchado en la radio, y llamábamos a nuestra madre.

Sara Rosa Osorio Rodríguez
Docente de la I.E. Atanasio Girardot en la vereda Juan Cojo, Sede Olaya Herrera



EN FAMILIA

Entonces evoco el rostro de mi madre que resplandecía de mil colores, bajo la luz de una lámpara que alumbraba a base de petróleo, lo que permitía estos brillos mientras nos narraba a sus ocho hijos historias que acontecían en su niñez. Y mientras ella iba transmitiendo sus sentimientos, nosotros y mi padre la escuchábamos y nos adentrábamos en esos hechos. Mi espíritu se llenaba de esas historias, hasta tal punto que  dejaba de ser yo misma y me transportaba a otros mundos, donde el duende asustaba a los niños desobedientes, donde comulgar sin preparación era someterse a fuerzas extrañas, donde el que obraba bien tenía paz y alegría. Así transcurrió mi niñez, llena de inquietudes pero esperanzada en escuchar nuevas historias. Era mi madre, y todavía es, inspiradora de otros mundos, mundos en los que he ido aprendiendo a descubrir que la vida simplemente es disfrutar lo aprendido y buscar constantemente caminos que van más allá de lo que los humanos podemos imaginar.

María Silvia Manco
Docente de la I.E. Atanasio Girardot en la vereda Juan Cojo, Sede Olaya Herrera



LA SUSTANCIA OCULTA DE LOS CUENTOS (El hilo de los cuentos)

Todos los cuentos tienen un hilo, un idioma secreto sobre la vida y la muerte.
Bajo el misterio de la vida y el sueño me sorprendió el mundo.
El siguiente es el relato de la Barbacoa:
Por una loma aparecía un cúmulo de caballos rabiosos, y en medio de semejante cabalgata solía cabalgar un hombre sombrerón, fumando tabaco. Su sombrero era tan grande que sobresalía entre tantos.
Dos hombres se habían peleado hacía tiempo. El uno esperaba al otro, más malo y agresivo, en una travesía. El que estaba esperando era bueno y esperaba al otro alumbrándolo para que no le hiciera nada mientras llegaba a la molienda.
De lejos veía a su enemigo acercándose en medio de lámparas y luces y ruidos de cabalgadura.
Cuando se acercaron pasaron y no lo vieron. Del miedo que sintió cayó privado. Sólo quedó el olor a azufre por todo el camino. Porque quien iba montado en ese caballo grande era el hombre malo convertido en diablo.

Marina Cañas
Docente en la I.E. Atanasio Girardot



HISTORIA DE MI INFANCIA

De cuando niña recuerdo una infancia muy linda, especialmente en las vacaciones, porque nos reuníamos los primos y los mayores construían pequeñas casas donde jugábamos las tardes enteras.
Al caer la noche, mi papá nos contaba historias de mucho miedo, pero de mucho miedo, como la Llorona o historias sucedidas en el sector. Pero los preferidos eran los cuentos de Cociaca.
La abuela paterna nos contaba que su padre, es decir mi bisabuelo, era escritor aquí en el pueblo de Girardota. Se llamaba Laurencio Sierra y era el que escribía las cartas a todos los enamorados. De esa época no recuerdo un poema, pero se los quedo debiendo porque de verdad quiero publicarlo.

Gloria Cecilia Ruíz

Docente en la I.E. Atanasio Girardot


miércoles, 16 de octubre de 2013

Radio Tímpano


Imagen tomada de http://blogmitad.wordpress.com/page/2/

Trovador, poeta, narrador itinerante… un jugar en la escuela.

Escuchemos:

 

sábado, 12 de octubre de 2013

Cuento de la semana


Imagen tomada de http://ocleticos.blogspot.com/2010/10/vampirismo-en-la-obra-de-hp-lovecraft.html

EL ÁRBOL

Por H. P. Lovecraft

«Fata viam invenient.»

En una verde ladera del monte Menalo, en Arcadia, se halla un olivar en torno a las ruinas de una villa. Al lado se encuentra una tumba, antaño embellecida con las más sublimes esculturas, pero sumida ahora en la misma decadencia que la casa. A un extremo de la tumba, con sus peculiares raíces desplazando los bloques de mármol del Pentélico, mancillados por el tiempo, crece un olivo antinaturalmente grande y de figura curiosamente repulsiva; tanto se asemeja a la figura de un hombre deforme, o a un cadáver contorsionado por la muerte, que los lugareños temen pasar cerca en las noches en que la luna brilla débilmente a través de sus ramas retorcidas. El monte Menalo es uno de los parajes predilectos del temible Pan, el de la multitud de extraños compañeros, y los sencillos pastores creen que el árbol debe tener alguna espantosa relación con esos salvajes silenos; pero un anciano abejero que vive en una cabaña de las cercanías me contó una historia diferente.
Hace muchos años, cuando la villa de la cuesta era nueva y resplandeciente, vivían en ella los escultores Calos y Musides. La belleza de su obra era alabada de Lidia a Neápolis, y nadie osaba considerar que uno sobrepasaba al otro en habilidad. El Hermes de Calos se alzaba en un marmóreo santuario de Corinto, y la Palas de Musides remataba una columna en Atenas, cerca del Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Calos y Musides, y se asombraban de que ninguna sombra de envidia artística enfriara el calor de su amistad fraternal.
Pero aunque Calos y Musides estaban en perfecta armonía, sus formas de ser no eran iguales. Mientras que Musides gozaba las noches entre los placeres urbanos de Tegea, Calos prefería quedarse en casa; permaneciendo fuera de la vista de sus esclavos al fresco amparo del olivar. Allí meditaba sobre las visiones que colmaban su mente, y allí concebía las formas de belleza que posteriormente inmortalizaría en mármol casi vivo. Los ociosos, por supuesto, comentaban que Calos se comunicaba con los espíritus de la arboleda, y que sus estatuas no eran sino imágenes de los faunos y las dríadas con los que se codeaba... ya que jamás llevaba a cabo sus trabajos partiendo de modelos vivos.
Tan famosos eran Calos y Musides que a nadie le extrañó que el tirano de Siracusa despachara enviados para hablarles acerca de la costosa estatua de Tycho que planeaba erigir en su ciudad. De gran tamaño y factura sin par había de ser la estatua, ya que habría de servir de maravilla a las naciones y convertirse en una meta para los viajeros. Honrado más allá de cualquier pensamiento resultaría aquel cuyo trabajo fuese elegido, y Calos y Musides estaban invitados a competir por tal distinción. Su amor fraterno era de sobra conocido, y el astuto tirano conjeturaba que, en vez de ocultarse sus obras, se prestarían mutua ayuda y consejo; así que tal apoyo produciría dos imágenes de belleza sin par, cuya hermosura eclipsaría incluso los sueños de los poetas.
Los escultores aceptaron complacidos el encargo del tirano, así que en los días siguientes sus esclavos pudieron oír el incesante picoteo de los cinceles. Calos y Musides no se ocultaron sus trabajos, aun cuando se reservaron su visión para ellos dos solos. A excepción de los suyos, ningún ojo pudo contemplar las dos figuras divinas liberadas mediante golpes expertos de los bloques en bruto que las aprisionaban desde los comienzos del mundo.
De noche, al igual que antes, Musides frecuentaba los salones de banquetes de Tegea, mientras Calos rondaba a solas por el olivar. Pero, según pasaba el tiempo, la gente advirtió cierta falta de alegría en el antes radiante Musides. Era extraña, comentaban entre sí, que esa depresión hubiera hecho presa en quien tenía tantas posibilidades de alcanzar los más altos honores artísticos. Muchos meses pasaron, pero en el semblante apagado de Musides no se leía sino una fuerte tensión que debía estar provocada por la situación.
Entonces Musides habló un día sobre la enfermedad de Calos, tras lo cual nadie volvió a asombrarse ante su tristeza, ya que el apego entre ambos escultores era de sobra conocido como profundo y sagrado. Por tanto, muchos acudieron a visitar a Calos, advirtiendo en efecto la palidez de su rostro, aunque había en él una felicidad serena que hacía su mirada más mágica que la de Musides... quien se hallaba claramente absorto en la ansiedad, y que apartaba a los esclavos en su interés por alimentar y cuidar al amigo con sus propias manos. Ocultas tras pesados cortinajes se encontraban las dos figuras inacabadas de Tycho, últimamente apenas tocadas por el convaleciente y su fiel enfermero.
Según desmejoraba inexplicablemente, más y más, a pesar de las atenciones de los perplejos médicos y las de su inquebrantable amigo, Calos pedía con frecuencia que le llevaran a la tan amada arboleda. Allí rogaba que lo dejasen solo, ya que deseaba conversar con seres invisibles. Musides accedía invariablemente a tales deseos, aunque con lágrimas en los ojos al pensar que Calos prestaba más atención a faunos y dríadas que a él. Al cabo, el fin estuvo cerca y Calos hablaba de cosas del más allá. Musides, llorando, le prometió un sepulcro aún más hermoso que la tumba de Mausolo, pero Calos le pidió que no hablara más sobre glorias de mármol. Tan sólo un deseo se albergaba en el pensamiento del moribundo: que unas ramitas de ciertos olivos de la arboleda fueran depositadas enterradas en su sepultura... junto a su cabeza. Y una noche, sentado a solas en la oscuridad del olivar, Calos murió.
Hermoso más allá de cualquier descripción resultaba el sepulcro de mármol que el afligido Musides cinceló para su amigo bienamado. Nadie sino el mismo Calos hubiera podido obrar tales bajorrelieves, en donde se mostraban los esplendores del Eliseo. Tampoco descuidó Musides el enterrar junto a la cabeza de Calos las ramas de olivo de la arboleda.
Cuando los primeros dolores de la pena cedieron ante la resignación, Musides trabajó con diligencia en su figura de Tycho. Todo el honor le pertenecía ahora, ya que el tirano no quería sino su obra o la de Calos. Su esfuerzo dio cauce a sus emociones y trabajaba más duro cada día, privándose de los placeres que una vez degustaría. Mientras tanto, sus tardes transcurrían junto a la tumba de su amigo, donde un olivo joven había brotado cerca de la cabeza del yaciente. Tan rápido fue el crecimiento de este árbol, y tan extraña era su forma, que cuantos lo contemplaban prorrumpían en exclamaciones de sorpresa, y Musides parecía encontrarse a un tiempo fascinado y repelido por él.
A los tres años de la muerte de Calos, Musides envió un mensajero al tirano, y se comentó en el ágora de Tegea que la tremenda estatua estaba concluida. Para entonces, el árbol de la tumba había alcanzado asombrosas proporciones, sobrepasando al resto de los de su clase, y extendiendo una rama singularmente pesada sobre la estancia en la que Musides trabajaba. Mientras, muchos visitantes acudían a contemplar el árbol prodigioso, así como para admirar el arte del escultor, por lo que Musides casi nunca se hallaba a solas. Pero a él no le importaba esa multitud de invitados; antes bien, parecía temer el quedarse a solas ahora que su absorbente trabajo había tocado a su fin. El poco alentador viento de la montaña, suspirando a través del olivar y el árbol de la tumba, evocaba de forma extraña sonidos vagamente articulados.
El cielo estaba oscuro la tarde en que los emisarios del tirano llegaron a Tegea. De sobra era sabido que llegaban para hacerse cargo de la gran imagen de Tycho y para rendir honores imperecederos a Musides, por los que los próxenos les brindaron un recibimiento sumamente caluroso. Al caer la noche se desató una violenta ventolera sobre la cima del Menalo, y los hombres de la lejana Siracusa se alegraron de poder descansar a gusto en la ciudad. Hablaron acerca de su ilustrado tirano, y del esplendor de su ciudad, refocilándose en la gloria de la estatua que Musides había cincelado para él. Y entonces los hombres de Tegea hablaron acerca de la bondad de Musides, y de su hondo penar por su amigo, así como de que ni aun los inminentes laureles del arte podrían consolarlo de la ausencia del Calos, que podría haberlos ceñido en su lugar. También hablaron sobre el árbol que crecía en la tumba, junto a la cabeza de Calos. El viento aullaba aún más horriblemente, y tanto los siracusanos como los arcadios elevaron sus preces a Eolo.
A la luz del día, los próxenos guiaron a los mensajeros del tirano cuesta arriba hasta la casa del escultor, pero el viento nocturno había realizado extrañas hazañas. El griterío de los esclavos se alzaba en una escena de desolación, y en el olivar ya no se levantaban las resplandecientes columnatas de aquel amplio salón donde Musides soñara y trabajara. Solitarios y estremecidos penaban los patios humildes y las tapias, ya que sobre el suntuoso peristilo mayor se había desplomado la pesada rama que sobresalía del extraño árbol nuevo, reduciendo, de una forma curiosamente completa, aquel poema en mármol a un montón de ruinas espantosas. Extranjeros y tegeanos quedaron pasmados, contemplando la catástrofe causada por el grande, el siniestro árbol cuyo aspecto resultaba tan extrañamente humano y cuyas raíces alcanzaban de forma tan peculiar el esculpido sepulcro de Calos. Y su miedo y desmayo aumentó al buscar entre el derruido aposento, ya que del noble Musides y de su imagen de Tycho maravillosamente cincelada no pudo hallarse resto alguno. Entre aquellas formidables ruinas no moraba sino el caos, y los representantes de ambas ciudades se vieron decepcionados; los siracusanos porque no tuvieron estatua que llevar a casa; los tegeanos porque carecían de artista al que conceder los laureles. No obstante, los siracusanos obtuvieron una espléndida estatua en Atenas, y los tegeanos se consolaron erigiendo en el ágora un templo de mármol que conmemoraba los talentos, las virtudes y el amor fraternal de Musides.
Pero el olivar aún está ahí, así como el árbol que nace en la tumba de Calos, y el anciano abejero me contó que a veces las ramas susurran entre sí en las noches ventosas, diciéndose una y otra vez: «¡Oιδά! ¡Oιδά!»... ¡yo sé! ¡yo sé!


jueves, 10 de octubre de 2013

Palabrujas


TEJIENDO LAZOS INTERCULTURALES



El objetivo primordial de Literardota y Otras Letrasconsiste en “generar procesos formativos para niños y jóvenes a partir de la experiencia de la lectura y la escritura en sus diferentes modos y formatos a fin de fomentar la sensibilidad, la imaginación, la creatividad y la autonomía  en tanto potencialidades humanas”. El desarrollo de este objetivo acontece en los Hogares Comunitarios y en las Instituciones Educativas.
    
No obstante, más allá de este objetivo y de estos espacios, el proyecto, abierto a la comunidad, se ha propuesto paulatinamente tejer múltiples lazos con diversas experiencias en el ámbito literario. 
Algunas han sido: la participación en el Encuentro Internacional de Editores Independientes donde la revista Otras Letras realizó una ponencia y el Encuentro de Escritores organizado por la misma revista, que tuvo como invitados a Pedro Arturo Estrada, Germán Sierra, Luis Fernando Macías y Javier Naranjo. Asimismo, experiencias literarias a través de las concepciones y vivencias de la palabra en algunas comunidades indígenas de Colombia, país de maravillosa riqueza patrimonial en lenguas nativas. 
En este sentido, Literardota y Otras Letras ha tendido puentes que posibiliten si no un diálogo intercultural, sí una escucha, un encuentro con otras culturas y experiencias, podríamos decir literarias, en tanto que guardan palabras salidas desde el corazón mismo de la tierra. De tal suerte que se han erigido como tradiciones orales milenaria, ancestrales, que preservan la memoria y la cultura de naciones enteras; en este contexto y en este sentido es que se habla de que han echado raíces literarias muy profundas.

En 2010 se invitó a Ludovico Villafañe, mamo de la comunidad Ika de la Sierra Nevada de Santa Marta. El jueves 3 de Octubre de 2013 se invitó a Freddy Chikangana, poeta indígena de la nación Yanakona Mitmak (“gente que sirve mutuamente en tiempos de oscuridad”) del suroriente del Cauca, a un recital en la plazoleta de la Casa de la Cultura de Girardota. Música andina y poemas en lengua fueron el centro de este encuentro nocturno. Su nombre en lengua indígena es Wiñay Mallki, que significa “raíz que permanece en el tiempo”.

Entre los trabajos de su autoría tenemos: Cantos de amor para ahuyentar la muerte; Yo Yanacona, Palabra y memoria; El colibrí de la noche desnuda y otros cantos del fuego; y Espíritu de pájaro en pozos del ensueño, publicado por el Ministerio de cultura en su colección “Biblioteca Básica de los Pueblos indígenas de Colombia”.

Aquí  algunos testimonios de Freddy Chikangana sobre la poesía. Muchas gracias, buen provecho:

-“La poesía que hago sobre todo surge de esa memoria de origen que ronda en nuestro ser, no como una cuestión de nostalgia por el pasado indígena, sino como la manera de nombrar los elementos mágicos que se esconden en cada espacio vivido, los sueños, los anhelos y la lucha por la permanencia de mi gente. Vienen los cantos además desde los espacios sagrados que me ha tocado vivir: La tierra, la chagra, la casa, el fuego, la montaña, los ríos, el rumor del viento, pero también desde las imágenes que se entrecruzan entre lo rural y lo urbano que hemos aprendido a llevar. Mi poesía es un reencuentro con la vida y la muerte al lado de mi gente; es una continua interrogación sobre nuestro paso por este mundo, sobre el mandato de nuestros muertos frente a las grandes oscuridades que a cada momento nos obligan a caminar con cautela, pero también a la responsabilidad que tenemos con la madre tierra. Escribo porque es una forma de sentirme en calma frente a tanta locura y barbaridad, frente a las injusticias que tocan nuestro ser, escribo para que mi gente guarde en buen baúl la memoria, para que los niños de cualquier cultura puedan vivir, soñar y construir con nosotros, escribo y canto para encontrarme conmigo mismo en cualquier ciudad, escribo para regar palabras sobre la madre tierra sin más pretensión que llegar a muchos corazones despiertos y a los que hay que hacer vibrar. Finalmente hago poesía por que vive en mí la serpiente del río Yanakuna y los pájaros de colores que a cada instante me tocan con su misterio, los cantos de los abuelos a la orilla del fuego y las preguntas que alguien me hace desde el corazón en cualquier rincón de esta tierra.”

-“La poesía es la aguja que permite tejer hermosos trajes de colores, es esa vasija de agua donde anidan las estrellas, la poesía es la fuerza transformadora del espíritu y solo busca tocar el corazón humano para rescatar la capacidad de asombro por el mundo, para aportar a esa transformación. Y si eso se va a dar, bienvenida la emancipación de la palabra, y si no será nido y memoria para aquellos que nos han de reemplazar en esta corta jornada por la vida”.

-“La poesía es compromiso con la esencia de la vida. En la medida que nombramos el mundo, en la forma como creamos o recreamos  imágenes, en la manera  como nos acercamos a los posibles  e imposibles, a los poderes   que  atan  este universo, a las fuerzas que nos permiten volar y hacer volar, en fin, condensamos un destino  común con la madre tierra: permanecer ,  trascender, despertar, tocar, inundar de belleza, brindar agua para refrescar el espíritu,  ir a la médula humana para saber que  somos sangre de la misma tierra, somos todo y nada, somos aquello que nos permite respirar mucho más hondo”.